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Asisto a una muestra donde lo sentimental se coloca por encima de lo ilustrativo; se trata de Francisco Ibáñez, el mago del humor del Círculo de Bellas Artes de Madrid y los asistentes, con una sonrisa nada disimulada y los ojos brillantes, intercambiamos miradas cómplices al descubrirnos compartiendo el recuerdo de algun retruécano inolvidable, algún título indispensable, alguna emoción común. Ver un original autógrafo de alguna de las páginas de aquéllos álbumes de a cien pesetas el ejemplar no tiene precio. Comprobamos que el maestro ya va por los ochenta años y que confía en que alguien continúe con sus Mortadelo y Filemón. Nunca será lo mismo.



Este pequeño e íntimo rincón algunas veces se ha puesto, con o sin razón, un tanto nostálgico. Para bien o para mal, la evocación de la infancia no es un tema que suela abordar en mis conversaciones (antes bien, lo reservo para mis soliloquios), por lo que me parece algo raro, repasando los apuntes previos, la presencia en ellos de los recuerdos más lejanos. Sin embargo, en esta entrada de hoy, tengo necesariamente que volver muy atrás para hablar de algo que define la niñez de muchos de los que hoy peinamos canas. El próximo domingo, se cumplen 50 años exactos de la publicación de la primera historieta protagonizada por Mortadelo y Filemón. 

Daría un potosí por saber cuándo tuve por vez primera entre mis manos un tebeo de Mortadelo y Filemón. Aprendí a leer con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Comencé a amar la ironía gracias a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Cené un bocadillo de tortilla siete veces por semana leyendo un tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi inocencia se protegía entre los tebeos de Mortadelo y Filemón. Los reyes me echaban tebeos de Mortadelo y Filemón. Aprendí a dibujar siguiendo los tebeos de Mortadelo y Filemón. Me entraba el sueño en la cama todas las noches con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Ví escrito el nombre de Shakespeare por vez primera en un tebeo de Mortadelo y Filemón. Daba esquinazo a la tristeza con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Me tropecé con el sentimiento de culpa por leer demasiados tebeos de Mortadelo y Filemón. Mi pereza con las matemáticas se achacaba a la desmedida afición hacia los tebeos de Mortadelo y Filemón. En la papelería del barrio cambiaba por cinco duros, cada semana, un tebeo de Mortadelo y Filemón. Gustaba de reparar con grapas y celo mis desvencijados tebeos de Mortadelo y Filemón. Colaboré en la biblioteca de aula con un preciado tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi vocación más temprana se despertó con los tebeos de Mortadelo y Filemón. Aprendí lo que significaban las palabras "badulaque", "gaznapiro", "transigir" y dónde estaba el lago Popocatepetl debido a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi mundo se ensanchaba gracias a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Encontré mis primeros amigos hablando de los tebeos Mortadelo y Filemón. Fabricaba paraguas contra los aguaceros de melancolía con páginas de un tebeo de Mortadelo y Filemón. La primera película que vi fue un festival de dibujos animados basado en los tebeos de Mortadelo y Filemón... ciertamente, mi vida no se explicaría sin Mortadelo y Filemón.

Su autor es un señor de setenta años cuyos únicos méritos son una imaginación portentosa y un sentido del trabajo y del humor que van a la par. Un dibujante que, como él dice, ni siquiera dibuja bien. Como parece un personaje de sus historietas, últimamente ha decidido incluirse en ellas. A mi me da un enorme gusto oírle, con ese acentillo catalán atropellado por su veloz y nerviosa verborrea. Viene a la feria del libro de Madrid cada primavera. He visto cómo se formaban colas enormes de padres e hijos en busca de su firma. Yo nunca me he atrevido a coger algunos de mis álbumes de Mortadelo y Filemón que atesoraré mientras viva y acercarme al stand para que este genio me lo dedique. Mucho más que eso, me gustaría tomar con él un café y contarle las infinitas cosas que me regaló cuando yo era un niño... tantas que no sabría por dónde empezar. Este año quizá lo intente. Al menos lo de hacer cola. Gracias, don Francisco. Le debo una infancia.

Publicado originalmente en The Sugarland Express en Enero de 2008.

2 comentarios:

Amparo dijo...

¡Fantástico! Ya en el 2008 eras insuperable contando. Me he reído un montón. Tu intimidad con Motadelo es admirable.
Oye siete bocadillos de tortilla es un crimen proteico, pero se perdona.
Saludos!

Pablo Díaz Torres dijo...

Con lo deliciosos que son!
Saludos!