Después del baño.
Cada vez que me enfrento a Sorolla ocurre lo mismo. Comienzo con una sonrisita condescendiente al reparar en que sus marinas coinciden en el tiempo con la brutal ruptura cubista y, al final, vuelvo a constatar que se trata, sin más, de uno de los mejores pintores del siglo XIX gracias a su portentosa técnica y su inquebrantable sinceridad estética. Sorolla, en fin, me desarma.
La modélica muestra de la Fundación Mapfre Sorolla y Estados Unidos nos recuerda el incuestionable prestigio y la rotunda fama de la que disfrutó en su tiempo allende las fronteras nacionales, confirmando que entrado el siglo XX hay vida más allá de la atormentada y asocial búsqueda del creador encaramado en el todavía hoy activo mito del artista romántico. La exposición se articula a modo de antológica al haber seleccionado de entre la gigantesca producción del valenciano un nutrido grupo de obras de procedencia americana representativas de la desprejuicidada adscripción de Sorolla a todo tipo de géneros. De esta manera, tras el gran formato dedicado al compromiso realista y al intento de cristalización de lo popular propio de la pintura local del momento, quizá lo que peor ha envejecido, un grupo de magistrales retratos conduce a sus inolvidables paisajes en los que, lejos de las obligaciones contractuales, parece en ocasiones rozar a Cézanne. Junto a todo ello, no pueden faltar los paseos de Clotilde y sus hijas por las playas norteñas y las visiones populares de las levantinas, en las que el sol refulgente convierte en esmalte las pieles de los niños.
Ciertamente, Sorolla, sin dejarse llevar por el marasmo revolucionario que está arrancando a la disciplina pictórica de la tiranía de lo mimético, sigue aferrado a la representación. Decorativo, hedonista y sensorial, todavía cree que los cuadros pueden plasmar una suerte de verdad perceptiva de manera que hasta el final de su carrera pinta lo que ve y no lo que imagina. No obstante, la ya indeleble lección de Manet y los impresionistas ha deshecho los contornos y valorado las amplias superficies cromáticas independientes como constructoras de las formas aunque, estimo, entender a modo de apéndice o resultado del impresionismo a Sorolla es reduccionista y equivocado. Pensemos en cómo Velázquez o Goya plantean una técnica fundamentada en los efectos visuales resultantes de la acumulación de manchas de color (y aquí hemos siempre de referirnos al hecho de que el estilo atrevido de Manet se encarrilará finalmente después de su admirado encuentro con el sevillano en el Prado). Esto junto a la celebérrima y felicísima experimentación con los muy físicos y muy tangibles efectos de la luz, nos sitúan a Sorolla como un pintor excepcional, sin encasillamiento en corriente alguna, digno continuador de la escuela española.
Así, como Van Gogh en Arles, la chisporroteante luminosidad de Levante otorga a Sorolla el sentido de su búsqueda artística, legándonos esos lienzos prodigiosos frente a los que hemos de colocar la mano a modo de visera, como hacen sus modelos, tal es la radiante claridad que emana de ellos, abarrotados de ternura hacia el mundo infantil o familiar (qué infinita complicidad desprenden los retratos de su Clotilde). Al final de la última sala de la muestra, un milagro titulado Después del baño, propiedad de la Hispanic Society de Nueva York. La piel mojada de la joven ciñe a su cuerpo el vestido, de modo que el idealizado modelo clásico, en un golpe de genio sensualizante sólo al alcance de Sorolla, se torna palpable verdad.
La modélica muestra de la Fundación Mapfre Sorolla y Estados Unidos nos recuerda el incuestionable prestigio y la rotunda fama de la que disfrutó en su tiempo allende las fronteras nacionales, confirmando que entrado el siglo XX hay vida más allá de la atormentada y asocial búsqueda del creador encaramado en el todavía hoy activo mito del artista romántico. La exposición se articula a modo de antológica al haber seleccionado de entre la gigantesca producción del valenciano un nutrido grupo de obras de procedencia americana representativas de la desprejuicidada adscripción de Sorolla a todo tipo de géneros. De esta manera, tras el gran formato dedicado al compromiso realista y al intento de cristalización de lo popular propio de la pintura local del momento, quizá lo que peor ha envejecido, un grupo de magistrales retratos conduce a sus inolvidables paisajes en los que, lejos de las obligaciones contractuales, parece en ocasiones rozar a Cézanne. Junto a todo ello, no pueden faltar los paseos de Clotilde y sus hijas por las playas norteñas y las visiones populares de las levantinas, en las que el sol refulgente convierte en esmalte las pieles de los niños.
Ciertamente, Sorolla, sin dejarse llevar por el marasmo revolucionario que está arrancando a la disciplina pictórica de la tiranía de lo mimético, sigue aferrado a la representación. Decorativo, hedonista y sensorial, todavía cree que los cuadros pueden plasmar una suerte de verdad perceptiva de manera que hasta el final de su carrera pinta lo que ve y no lo que imagina. No obstante, la ya indeleble lección de Manet y los impresionistas ha deshecho los contornos y valorado las amplias superficies cromáticas independientes como constructoras de las formas aunque, estimo, entender a modo de apéndice o resultado del impresionismo a Sorolla es reduccionista y equivocado. Pensemos en cómo Velázquez o Goya plantean una técnica fundamentada en los efectos visuales resultantes de la acumulación de manchas de color (y aquí hemos siempre de referirnos al hecho de que el estilo atrevido de Manet se encarrilará finalmente después de su admirado encuentro con el sevillano en el Prado). Esto junto a la celebérrima y felicísima experimentación con los muy físicos y muy tangibles efectos de la luz, nos sitúan a Sorolla como un pintor excepcional, sin encasillamiento en corriente alguna, digno continuador de la escuela española.
Así, como Van Gogh en Arles, la chisporroteante luminosidad de Levante otorga a Sorolla el sentido de su búsqueda artística, legándonos esos lienzos prodigiosos frente a los que hemos de colocar la mano a modo de visera, como hacen sus modelos, tal es la radiante claridad que emana de ellos, abarrotados de ternura hacia el mundo infantil o familiar (qué infinita complicidad desprenden los retratos de su Clotilde). Al final de la última sala de la muestra, un milagro titulado Después del baño, propiedad de la Hispanic Society de Nueva York. La piel mojada de la joven ciñe a su cuerpo el vestido, de modo que el idealizado modelo clásico, en un golpe de genio sensualizante sólo al alcance de Sorolla, se torna palpable verdad.
Después del baño. 1908. Joaquín Sorolla. Hispanic Society of America.
Mamita.
La insultante juventud de Xavier Dolan, aunque suene a tópico, recuerda al caso de aquel bisoño Welles llegando a mesa puesta a la RKO de principios de los 40. El realizador canadiense (¡de 25 años!) cuenta ya con un pequeño grupo de títulos empapados de genuina personalidad, esa inasible característica que tan gratuitamente se aplica a veces a lo que simplemente es presuntuoso. En ellos Dolan dirige, escribe, monta, actúa, produce...ya digo, a lo Orson.
En Mommy, una historia puntiaguda y doliente de conflictiva (en toda la amplitud del término) relación entre madre e hijo es narrada por Dolan con un ritmo sincopado absorbente y demoledor. En ocasiones, la ternura más desarmante se solapará con estallidos de seca violencia modulados magistralmente por unos actores en estado de gracia que obrarán el milagro de que empaticemos con unos persunajes límite. Mommy, en definitiva, es una película bellísima que logra eso tan difícil de que la forma y el fondo, dimensiones ambas a años luz aquí de lo complaciente, lo trillado y lo fácil, encajen orgánica y necesariamente en un filme del todo fascinante. El descarado atrevimiento del jovezno director le lleva a experimentar con un formato en el encuadre de 1:1 que, si bien chirría a nuestros apaisados hábitos visuales en un primer momento, terminará por otorgar a la obra una dimensión expresiva de enorme hondura y hechizantes efectos dramáticos. La magistral fotografía y el uso de una tan ecléctica como ajustada música completan el fabuloso efecto plástico final.
Mommy, pues, se conforma como la última de esas gozosas experiencias cinematográficas que, de cuando en cuando, llegan del lejano Canadá (persemos en Leoló o en C.R.A.Z.Y.) país con una fértil producción fílmica desprejuiciada y muy particular, mezcla de lo mejor de la tradición europea y norteamericana.
En Mommy, una historia puntiaguda y doliente de conflictiva (en toda la amplitud del término) relación entre madre e hijo es narrada por Dolan con un ritmo sincopado absorbente y demoledor. En ocasiones, la ternura más desarmante se solapará con estallidos de seca violencia modulados magistralmente por unos actores en estado de gracia que obrarán el milagro de que empaticemos con unos persunajes límite. Mommy, en definitiva, es una película bellísima que logra eso tan difícil de que la forma y el fondo, dimensiones ambas a años luz aquí de lo complaciente, lo trillado y lo fácil, encajen orgánica y necesariamente en un filme del todo fascinante. El descarado atrevimiento del jovezno director le lleva a experimentar con un formato en el encuadre de 1:1 que, si bien chirría a nuestros apaisados hábitos visuales en un primer momento, terminará por otorgar a la obra una dimensión expresiva de enorme hondura y hechizantes efectos dramáticos. La magistral fotografía y el uso de una tan ecléctica como ajustada música completan el fabuloso efecto plástico final.
Mommy, pues, se conforma como la última de esas gozosas experiencias cinematográficas que, de cuando en cuando, llegan del lejano Canadá (persemos en Leoló o en C.R.A.Z.Y.) país con una fértil producción fílmica desprejuiciada y muy particular, mezcla de lo mejor de la tradición europea y norteamericana.
Dos días, una noche.
El abatido deambular por Lieja de Sandra, el personaje de Dos días, una noche de los hermanos Dardenne, hace que recordemos aquélla trascendente propuesta del patriarca André Bazin al respecto de la naturaleza del cine, para él, el arte que, superando un mero acercamiento a la vida en términos de representación, posibilitaba aprehenderla desde la más ontológica de las verdades. En sus siempre apasionados aunque en ocasiones farragosos textos, el alma de la Nouvelle Vague vino a proclamar que el Neorrealismo dio con la clave en este sentido cuando, más allá de la conicida preferencia por los ambientes, iluminación y actuaciones naturalistas, rechazó el recurso de construcción dramatúrgica tradicional consistente en que el desarrollo argumental de cada secuencia provenía de una razón declarada en la previa, conduciendo así a otra nueva hasta que la situación de arranque de la acción general terminaba por resolverse en un encadenado de causas y efectos. Leyendo las emocionadas páginas de Bazin dedicadas a la milagrosa Umberto D de De Sica observamos cómo ejemplifica estas ideas en los tiempos muertos del filme en los que no se contará nada pero donde la existencia transmigra en luz proyectada frente a nuestras narices, como ocurre al acompañar a la angustiada Sandra en un viaje en autobús o haciendo las camas de sus hijos.
Este Neorrealismo que cambió el cine para siempre y, por mucho que el implacable tiempo haya matizado, corregido, cuestionado o refrendado todas las certezas al él asociadas, nunca dejó de existir desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, ciértamente, las sensibles obras de los Dardenne podrían con justicia considerarse las herederas últimas del mismo. En la destartalada Europa de la crisis, su filmografía ha enfatizado el compromiso social planteando una postura militante tan insobornable como honesta de la que es buen ejemplo Dos días, una noche, filme que vehicula un mensaje humanista indispensable. Sin embargo, lo que termina de convertir a ésta en una gran película viene del hecho, como en los demás magníficos títulos de los hermanos belgas, de adoptar un tono alejado de cualquier machacona retórica discursiva para concentrar la emotividad del suceso narrado en universales y genuínos sentimientos puramente humanos. Así, aparte de lanzar una cruda denuncia de las condiciones de vida infantiles dentro de las familias olvidadas por el estado del bienestar en momentos de vacas flacas, la preciosa El niño de la bicicleta nos llegaba al alma debido a su sentido carácter de crónica de la desgarradora búsqueda de un padre por parte de su hijo. Del mismo modo, Dos días, una noche, además de poner sobre la mesa las abusivas e inhumanas prácticas empresariales de nuevo cuño, termina por convertirse en memorable merced a la encarnizada lucha que lleva a cabo una mujer enferma por apuntalar su dignidad como ser humano.
Ya hemos dejado por aquí constancia de nuestra admiración hacia el arte interpretativo de Manion Cotillard de modo que no es cuestión de repetirse. En ambas orillas del Atlántico, se muestra deslumbrante en los papeles de glamouroso relumbrón y apabullante y generosa en sus caracterizaciones de método. Podría interpretar lo que quisiera cuando quisiera. Su registro en Dos días, una noche, sin un gramo de maquillaje y con unos vaqueros y una camiseta de tirantes rosa como únicos aliados, pulsará resortes distintos a los que le habíamos visto para, de nuevo, encaramarse a la condición de lo inolvidable. Es más que una colosal actriz y una gran estrella. Es, ya, la Cotillard.
Este Neorrealismo que cambió el cine para siempre y, por mucho que el implacable tiempo haya matizado, corregido, cuestionado o refrendado todas las certezas al él asociadas, nunca dejó de existir desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, ciértamente, las sensibles obras de los Dardenne podrían con justicia considerarse las herederas últimas del mismo. En la destartalada Europa de la crisis, su filmografía ha enfatizado el compromiso social planteando una postura militante tan insobornable como honesta de la que es buen ejemplo Dos días, una noche, filme que vehicula un mensaje humanista indispensable. Sin embargo, lo que termina de convertir a ésta en una gran película viene del hecho, como en los demás magníficos títulos de los hermanos belgas, de adoptar un tono alejado de cualquier machacona retórica discursiva para concentrar la emotividad del suceso narrado en universales y genuínos sentimientos puramente humanos. Así, aparte de lanzar una cruda denuncia de las condiciones de vida infantiles dentro de las familias olvidadas por el estado del bienestar en momentos de vacas flacas, la preciosa El niño de la bicicleta nos llegaba al alma debido a su sentido carácter de crónica de la desgarradora búsqueda de un padre por parte de su hijo. Del mismo modo, Dos días, una noche, además de poner sobre la mesa las abusivas e inhumanas prácticas empresariales de nuevo cuño, termina por convertirse en memorable merced a la encarnizada lucha que lleva a cabo una mujer enferma por apuntalar su dignidad como ser humano.
Ya hemos dejado por aquí constancia de nuestra admiración hacia el arte interpretativo de Manion Cotillard de modo que no es cuestión de repetirse. En ambas orillas del Atlántico, se muestra deslumbrante en los papeles de glamouroso relumbrón y apabullante y generosa en sus caracterizaciones de método. Podría interpretar lo que quisiera cuando quisiera. Su registro en Dos días, una noche, sin un gramo de maquillaje y con unos vaqueros y una camiseta de tirantes rosa como únicos aliados, pulsará resortes distintos a los que le habíamos visto para, de nuevo, encaramarse a la condición de lo inolvidable. Es más que una colosal actriz y una gran estrella. Es, ya, la Cotillard.
Agencia de Información.
Asisto a una muestra donde lo sentimental se coloca por encima de lo ilustrativo; se trata de Francisco Ibáñez, el mago del humor del Círculo de Bellas Artes de Madrid y los asistentes, con una sonrisa nada disimulada y los ojos brillantes, intercambiamos miradas cómplices al descubrirnos compartiendo el recuerdo de algun retruécano inolvidable, algún título indispensable, alguna emoción común. Ver un original autógrafo de alguna de las páginas de aquéllos álbumes de a cien pesetas el ejemplar no tiene precio. Comprobamos que el maestro ya va por los ochenta años y que confía en que alguien continúe con sus Mortadelo y Filemón. Nunca será lo mismo.
Este pequeño e íntimo rincón algunas veces se ha puesto, con o sin razón, un tanto nostálgico. Para bien o para mal, la evocación de la infancia no es un tema que suela abordar en mis conversaciones (antes bien, lo reservo para mis soliloquios), por lo que me parece algo raro, repasando los apuntes previos, la presencia en ellos de los recuerdos más lejanos. Sin embargo, en esta entrada de hoy, tengo necesariamente que volver muy atrás para hablar de algo que define la niñez de muchos de los que hoy peinamos canas. El próximo domingo, se cumplen 50 años exactos de la publicación de la primera historieta protagonizada por Mortadelo y Filemón.
Daría un potosí por saber cuándo tuve por vez primera entre mis manos un tebeo de Mortadelo y Filemón. Aprendí a leer con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Comencé a amar la ironía gracias a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Cené un bocadillo de tortilla siete veces por semana leyendo un tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi inocencia se protegía entre los tebeos de Mortadelo y Filemón. Los reyes me echaban tebeos de Mortadelo y Filemón. Aprendí a dibujar siguiendo los tebeos de Mortadelo y Filemón. Me entraba el sueño en la cama todas las noches con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Ví escrito el nombre de Shakespeare por vez primera en un tebeo de Mortadelo y Filemón. Daba esquinazo a la tristeza con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Me tropecé con el sentimiento de culpa por leer demasiados tebeos de Mortadelo y Filemón. Mi pereza con las matemáticas se achacaba a la desmedida afición hacia los tebeos de Mortadelo y Filemón. En la papelería del barrio cambiaba por cinco duros, cada semana, un tebeo de Mortadelo y Filemón. Gustaba de reparar con grapas y celo mis desvencijados tebeos de Mortadelo y Filemón. Colaboré en la biblioteca de aula con un preciado tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi vocación más temprana se despertó con los tebeos de Mortadelo y Filemón. Aprendí lo que significaban las palabras "badulaque", "gaznápiro", "transigir" y dónde estaba el lago Popocatepetl debido a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi mundo se ensanchaba gracias a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Encontré mis primeros amigos hablando de los tebeos Mortadelo y Filemón. Fabricaba paraguas contra los aguaceros de melancolía con páginas de un tebeo de Mortadelo y Filemón. La primera película que vi fue un festival de dibujos animados basado en los tebeos de Mortadelo y Filemón... ciertamente, mi vida no se explicaría sin Mortadelo y Filemón.
Su autor es un señor de setenta años cuyos únicos méritos son una imaginación portentosa y un sentido del trabajo y del humor que van a la par. Un dibujante que, como él dice, ni siquiera dibuja bien. Como parece un personaje de sus historietas, últimamente ha decidido incluirse en ellas. A mi me da un enorme gusto oírle, con ese acentillo catalán atropellado por su veloz y nerviosa verborrea. Viene a la feria del libro de Madrid cada primavera. He visto cómo se formaban colas enormes de padres e hijos en busca de su firma. Yo nunca me he atrevido a coger algunos de mis álbumes de Mortadelo y Filemón que atesoraré mientras viva y acercarme al stand para que este genio me lo dedique. Mucho más que eso, me gustaría tomar con él un café y contarle las infinitas cosas que me regaló cuando yo era un niño... tantas que no sabría por dónde empezar. Este año quizá lo intente. Al menos lo de hacer cola. Gracias, don Francisco. Le debo una infancia.
Publicado originalmente en The Sugarland Express en Enero de 2008.
Este pequeño e íntimo rincón algunas veces se ha puesto, con o sin razón, un tanto nostálgico. Para bien o para mal, la evocación de la infancia no es un tema que suela abordar en mis conversaciones (antes bien, lo reservo para mis soliloquios), por lo que me parece algo raro, repasando los apuntes previos, la presencia en ellos de los recuerdos más lejanos. Sin embargo, en esta entrada de hoy, tengo necesariamente que volver muy atrás para hablar de algo que define la niñez de muchos de los que hoy peinamos canas. El próximo domingo, se cumplen 50 años exactos de la publicación de la primera historieta protagonizada por Mortadelo y Filemón.
Daría un potosí por saber cuándo tuve por vez primera entre mis manos un tebeo de Mortadelo y Filemón. Aprendí a leer con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Comencé a amar la ironía gracias a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Cené un bocadillo de tortilla siete veces por semana leyendo un tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi inocencia se protegía entre los tebeos de Mortadelo y Filemón. Los reyes me echaban tebeos de Mortadelo y Filemón. Aprendí a dibujar siguiendo los tebeos de Mortadelo y Filemón. Me entraba el sueño en la cama todas las noches con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Ví escrito el nombre de Shakespeare por vez primera en un tebeo de Mortadelo y Filemón. Daba esquinazo a la tristeza con un tebeo de Mortadelo y Filemón. Me tropecé con el sentimiento de culpa por leer demasiados tebeos de Mortadelo y Filemón. Mi pereza con las matemáticas se achacaba a la desmedida afición hacia los tebeos de Mortadelo y Filemón. En la papelería del barrio cambiaba por cinco duros, cada semana, un tebeo de Mortadelo y Filemón. Gustaba de reparar con grapas y celo mis desvencijados tebeos de Mortadelo y Filemón. Colaboré en la biblioteca de aula con un preciado tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi vocación más temprana se despertó con los tebeos de Mortadelo y Filemón. Aprendí lo que significaban las palabras "badulaque", "gaznápiro", "transigir" y dónde estaba el lago Popocatepetl debido a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Mi mundo se ensanchaba gracias a un tebeo de Mortadelo y Filemón. Encontré mis primeros amigos hablando de los tebeos Mortadelo y Filemón. Fabricaba paraguas contra los aguaceros de melancolía con páginas de un tebeo de Mortadelo y Filemón. La primera película que vi fue un festival de dibujos animados basado en los tebeos de Mortadelo y Filemón... ciertamente, mi vida no se explicaría sin Mortadelo y Filemón.
Su autor es un señor de setenta años cuyos únicos méritos son una imaginación portentosa y un sentido del trabajo y del humor que van a la par. Un dibujante que, como él dice, ni siquiera dibuja bien. Como parece un personaje de sus historietas, últimamente ha decidido incluirse en ellas. A mi me da un enorme gusto oírle, con ese acentillo catalán atropellado por su veloz y nerviosa verborrea. Viene a la feria del libro de Madrid cada primavera. He visto cómo se formaban colas enormes de padres e hijos en busca de su firma. Yo nunca me he atrevido a coger algunos de mis álbumes de Mortadelo y Filemón que atesoraré mientras viva y acercarme al stand para que este genio me lo dedique. Mucho más que eso, me gustaría tomar con él un café y contarle las infinitas cosas que me regaló cuando yo era un niño... tantas que no sabría por dónde empezar. Este año quizá lo intente. Al menos lo de hacer cola. Gracias, don Francisco. Le debo una infancia.
Publicado originalmente en The Sugarland Express en Enero de 2008.
Cine y música II.
Bande à part. 1964. JL Godard.
Anna Karina con sombrero, Jazz y Nouvelle Vague. ¿Puede haber algo en la vida más cool?
Posibilidad de redención.
Los títulos de crédito de La isla mínima, quizá los más bellos de la historia del cine
español, ya nos avisan de la cadencia pausada, misteriosa e hipnótica con que
esta película definitivamente magistral nos fascinará desde el arranque de los
mismos.
Alberto Rodríguez, con un prestigio más que consolidado a estas alturas, apuesta otra
vez por un cine de género de sólida estructura narrativa y hondo eco clásico.
En este aspecto, el realizador hará de nuevo gala de su talento para transformar
el lugar geográfico en una suerte de caja de resonancia que amplifica los
significados y lecturas de una trama compleja que termina por no cerrar del todo.
Y esto es así porque, para Rodríguez, lo fundamental tiene que ver ante todo
con la materialización de una atmósfera aplastante y densa, ocre y pastosa, evocadora
en este caso del que se está convirtiendo poco a poco en un topos emocional fundamental y que el
cine nacional comienza a explorar expresivamente con fortuna; la transición.
Así, tras la atención fílmica a la Guerra Civil del postfranquismo y el pobre
balance que arroja (está todavía por hacer la gran película sobre la contienda con permiso de David Trueba y su
maravillosa Solados de Salamina) la
complejísima situación histórica propia de un país en la encrucijada como es la
de la España de finales de los 70, cercana de modo que todavía nos resulte significativamente
familiar, pero alejada lo bastante como para abarrotarse de resonancias
imaginadas, parece constituirse como nuestro vietnam cinematográfico... una trascendente piedra de toque
contextual donde tratar de muchas e sustanciales cosas.
De nuevo el paisaje andaluz, en este caso y después la
destartalada Sevilla pre Expo de la potente Grupo
7, las marismas del Guadalquivir, sirve para enmarcar con una elocuencia
visual de una fuerza insólita, magníficamente tratada por Rodríguez y su
director de fotografía, una historia tristísima y oscura determinada por la
culpa y la posibilidad de redención, motores dramáticos de enorme fortuna en el
cine cuando son sabiamente abordados, como es el caso de una película como
esta, donde todo está definido por lo sublime y lo extraordinario, desde la
impecable factura hasta la prodigiosa música, desde el inconmensurable trabajo
de los actores hasta el imborrable poso que dejará en la memoria.
Cine y música.
Cadena perpetua. (The Shawshank Redemption). 1994. Frank Darabont.
Con ese movimiento de grúa, el más elegante de la historia del cine.
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